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sábado, 23 de septiembre de 2017

UN ASUNTO RENAL



Todos caemos de vez en cuando en el amargo trago que es la memoria. Los sentimientos se vuelven carreteras de doble sentido en las que viajar hacia lo vivido.
Tal vez sea un olor, o la sensación de calor que te invade cuando entras al coche.
Te habrá pasado al peinar suaves cabellos sobre dulces orejas, y al dirigir la mirada de otros con solo mover los ojos.


Somos esclavos de los sentidos. Estos nos proporcionan un trato: el de la vida. Nos relacionamos con el mundo gracias a estos seres ultradesarrollados, que proporcionan dolor y placer por partes iguales.
Son la magdalena de Proust que mojábamos en leche azucarada y sentíamos como se acolchaba en nuestros dientes hasta hacerse pedazos.

Un dolor fuerte me llevó de nuevo atrás.

Si habéis tenido el valor de leer alguna otra entrada de este blog, os habréis dado cuenta de que me paso media vida viviendo la otra media, a través de viajes que desafían la magia de la introspección humana.

El dolor surgió poco a poco, como si quisiera avisarme de lo que estaba por venir, cuando me quise dar cuenta estaba con cinco años menos y con una (falsa)barba igual de patética que la que poseo hoy en día.
Acababa de orinar en el instituto, en uno de mis rutinarios viajes al baño. No sé que pasó en esa época, que orinaba más de lo normal.
Como era gilipollas, lo achaqué a que me había dado por comer kiwis, que tienen mucho potasio y se ve que son un diurético natural.

No sé si eliminan líquidos, pero cagaba de puta madre.
El caso es que, tras varios minutos de orinar, ya en clase, me empezó un dolor en la zona baja de la barriga, que mutaba de manera constante y acabó por dominar toda la parte de la vejiga, la espalda baja y lo que más dolía , el perineo.

Yo no sabía cómo se llamaba esa zona que conecta la abertura del culo con los huevos hasta ese día. 
Como no supe describirlo, recuerdo que mis palabras fueron: "tío me duelen los huevos". Sí, me dolían bastante , y cada vez más.
Mi amigo, al que el destino me ha permitido el mantener en la facultad, me dijo con voz seria: "Eso nos pasa a los hombres".

Para hacerlo más esperpéntico todo, la siguiente clase era una exposición sobre el alicatado de la Alhambra que se iba a dar en la hora de historia del Arte.
El profesor tuvo que pensar que me flipaban los azulejos, porque no pestañeé ni un solo segundo. Me afané por controlar y un dolor que iba a más.


No suelo despedirme como manda el protocolo, pero la ocasión lo merecía. Creo que dije : "illo me voy" y, nunca mejor dicho, me fui tocandome los huevos.
Directo al despacho de profesores y, como si de un traficante se tratara, me acerqué a la oreja del jefe de estudios, que en ese tiempo era el jefe de estudios y le dije :" tengo... tengo un problemilla... de hombres... ya sabe... ahí". "Mon dieu".

Al final lo acabó entendiendo, hasta me confesó una cosa que le pasó a un conocido suyo, que no voy a reproducir aquí para no herir sensibilidades.
Llegué despatarrado por el dolor en un taxi con un conductor digno de reemplazar a Manolo el dell bombo. ¡Qué animos daba ese hombre! "Se nota que está acostumbrado a llevar a personas en estado deplorable" "Es mi pan de cada día".


El dolor me hace sudar y me cierra los ojos, para abrirlos en la sala de espera de Urgencias. Tras esperar que pasasen todos esos que van de forma directa a Urgencias porque no pagan seguridad social, tras esperar esas tres horas entré yo.
Un médico de esos con cara de no haber jugado con su muñeca en la vida, me pidió que me bajase los pantalones. "Hey... ínvitame a cenar antes".


El tío estaría acostumbrado a manosear testículos, pero era la primera vez que un pibe me acariciaba los cojones y pensé que nada peor podía ocurrir.
Sin embargo, estar vivo ya me permitía vivir algo peor.
"Tumbate" 
"Ostia puta"
Veo que el pibe se cambia de guantes y recubre las gomosas falanges de aloe vera.
"No me jodas"
"Coge aire"
Creo que duró un segundo que pareció alargarse conforme el dolor lo hacía.

Es curioso, pero muchos me han preguntado lo mismo: "¿Te gustó?"
"¿Pero cómo me va a gustar que un viejo enfermero me metiese un dedo por el culo mientras estaba delirando por el dolor?
Bueno pues me lo han preguntado tanto que, incluso yo, lo pongo en duda.


Parece ser que expulsé un pequeño calculo renal que hizo de las suyas desde mis riñones hasta las cañerías del instituto.
Oriné más oscuro de lo normal y, tras eso, no volví a orinar hasta el día siguiente, de vuelta en el insituto.
Es una gilipollez, lo sé, pero enfrentarse a ese urinario fue un acto de valentía. Respiré profundo y dejé que el agua fluyera.

Siempre que lo recuerdo me rio , porque salí del baño dando saltos de alegría, corriendo hacia mi chica de entonces y gritando : "¡Cariño, he meado! ¡He meado claro!".


No había terminado todo ahí, pues de eso vinieron más visitas a urólogos y otros supuestos especialistas que no resolvieron nada, pero que me hicieron bajarme los pantalones de forma regular.
Así me pase una buena época de beber mucho zumo, de andar por un tubo y enseñar mi culo por media Granada.




Recuerdo dos visitas que se quedaron grabadas a fuego en mi memoria. Una de ellas fue en verano, a raíz de otro dolor de estos volvimos de la playa para acudir a Urgencias de Granada.
Ya no era un viejo, sino que era una médica joven y guapa.

Parece mejor, pero recordad que estas visitas vienen acompañadas con su dosis de desnudo.

El dolor me había encogido la polla de una manera que yo no podía imaginar estar bajándome los pantalones sin ponerme a llorar  de vergüenza.
Desconozco lo que esa mujer pensó, pero yo salí de allí más hecho polvo de lo que entré, y eso que el dolor se había calmado.


La otra prueba que me viene a la cabeza, tuvo lugar en "acogedor" tubo, donde me inyectaron un "contraste", que debía ser radioactivo o algo así, pues no debía acercarme a niños durante ese día.



Funcionaba de la siguiente manera: Acudías en ayunas y esperabas hasta que te hacían pasar una sala donde tenían preparado el contraste. Allí te lo inyectan en vena y te pasas media hora solo, dentro de una máquina que sobrevolaba tu cuerpo.

La mujer debió pensar que era un cagao además de imbécil, pues cuando me inyectaba el líquido le dio por llamarme "chico radioactivo", como si así todo fuese más fácil. Algo debió funcionar, pues la eché de menos durante esos 30 minutos incomunicado y con los pantalones bajados.
Radioactivo como para brillar en la oscuridad no era, pero sí que empecé a tener mucho calor en la garganta y en mis queridos y exhibidos testículos, tanto, que otra vez mi amiga decidió jugarme otra mala pasada. "Voy a hacerme famoso...".


Después de mí, iban a hacer la misma prueba a una niña pequeña... Eso enmudeció mis pensamientos.

Estaba cinco años más viejo, en la misma ciudad y con la misma barba.
Esta vez en la facultad, haciendo acto de presencia mientras pongo la mente a divagar, para aguantar así unas horas que tenía previsto borrar de la memoria poco después.

De nuevo orinar y, de nuevo, empezar a sentir una presión incómoda por la zona de la vejiga.
"Bueno, esto ya lo conoces, te pasa de vez en cuando. Se pasará dentro de un rato".
El rato pasó, pero el dolor iba en aumento. Gracias adiós que tenía al lado un colega de los de verdad, estando ahí conmigo mientras el dolor me comía y el profesor hablaba y hablaba durante dos horas.
Mi amigo, no dudó en intentar evadirme del dolor, pero al tío se le da tan bien hacerme reír, que el dolor me estaba reventando la zona baja. "cabrón para, jajajajaja" LLoraba por el dolor producido por la risa para calmar el dolor.



Debo mucho a ese melenas melómano. Me acompañó hasta casa, y no se quejó de que me parase cada dos por tres. Recuerdo que yo no ponía mucho de mi parte en lo que respecta a mantener una actitud seria ante la situación, pues en una de esas paradas me incliné hacia atrás y dije : "Ohh así sí. Entra sola". Otra vez a reír y a sentir un dolor digno de tortura china.



Tengo la certeza de que ir a Urgencias no me ayudará. Ya he pasado mucho tiempo esperando, para que un análisis me diga que no tengo nada y, como no tengo nada, nada pueden hacer ante un dolor surge de la nada.
Pero algo tiene que ser, no al nivel de un cólico como la primera vez, pero algo tiene que ser. No soy tan subnormal como para infligirme un dolor ahí durante horas, sólo para visitar las aburridas y concurridas estancias de la sanidad andaluza.



Es algo con lo que tengo que aprender a convivir. Algo que llega sin avisar. Una mano de agujas que empieza acariciándome y después golpea fuerte.
Pero en el fondo de ese dolor, tan innecesario y desagradable, uno puede encontrar los vestigios de un profundo amor humano.
Digo esto, por que siempre que el dolor ha acudido a mí y no he podido reprimirlo, ha habido alguien ahí que, si bien no ha paliado el dolor, ha sabido usar su presencia para sentirme querido, y eso es mejor que un millón de pastillas, análisis o jugos de naranja.


Decidí acudir a clase a pesar de que todavía quedaban restos de dolor bajo mi barriga. Esa asignatura era la única que llenaba algo mis ansias por aprender, pues el profesor es un máquina y, si la comparamos con el resto de clases, es la única que no te da ganas de explosionar por dentro mientras te cuestionas el sentido de tu existencia en esas cuatro paredes.


Allí estaba uno de esos amigos que puedes llamar amigo sin cuestionartelo, sin sentirte que te engañas.
A pesar de mi seriedad, siempre que estoy con ellos, trato de enmascararlo todo bajo un antifaz de ironía y de humor, ya que la vida es mejor con una sonrisa en la cara.
Sin embargo, lo vi allí y supe que no iba a ser igual. Su seriedad me hizo agudizar el sentido que permite discernir lo importante de lo que no lo es.


"¿Quieres ir al médico de una vez?". Pafff, como un golpe seco en mi cara. Ese chico me desarmó con una sola frase cargada de furia verbal.
No tenía nada con lo que contrarrestar esas palabras, por lo que mi mediocridad tomó el control de mi lengua: "Ahh da igual, sigo vivo".

"Eres más imbécil de lo que creía, ve, enserio, antes de que te pase algo malo de verdad".
Supe ver la verdad en sus palabras, en la forma en la que lo decía, en su rabia, en su entereza.


Es ese grado de entereza lo que me hizo sentirme por debajo de él... y no es la primera vez.
Pocas veces siento que alguien de mi edad está por encima de mí, pero ahí estábamos los dos. Yo con la cabeza gacha, sabiendo que cualquier cosa que dijera no sería digna de él...

Y sin embargo los golpes de sus palabras me hicieron sentir el dolor que acompaña a defraudar a alguien.
Él no lo sabe, pero mientras que él me decía eso yo hablaba con él en mi interior, dándole las gracias, pues en ese momento, sentí un amor y una vergüenza, que hacía demasiado tiempo que no sentía.

¿Sufría por mí? ¿Puede alguien quererme tanto como para sentir mi propio dolor, como para preocuparse por mí?
No quiero saberlo. Solo me basta su presencia para hacerme sentir valioso... para hacerme sentir querido.

Sentí el peso de la vergüenza sobre mi cuerpo. Era demasiado pesado. Sentí que tenía que hacer algo, no por mí, sino por los pocos como él que llegan a preocuparse por alguien como yo.
Sentí que quizás merecía la pena soportar ese dolor, si a cambio sentía ese amor. En ese momento sentí lo que era ser importante para alguien. Sentí que me querían. Algo que hacía tiempo que no sentía, y que no recordaba tan amargo y, a la vez, tan bueno.



viernes, 15 de septiembre de 2017

La amistad y el amor en un PAS I: Personas que valen la pena


LA AMISTAD Y EL AMOR EN UN PAS I: PERSONAS QUE VALEN LA PENA

Hablaba con cierta persona sobre un matrimonio fallido y de la indignación que esto había provocado en la familia.
Cada vez más el "hasta que la muerte os separe" se convierte en polvo de la historia, y no pude evitar caer en mis recuerdos.
Estos son un arma de doble filo, que dibujan en mi cerebro imágenes, que pueden llegar a hacer daño si no las gestiono con cuidado.


Quise seguir con la conversación y dar la réplica, pero ya no estaba allí, sino de vuelta al pasado, sentado en una silla de plástico que parecía pegada al suelo de falso parqué de una cafetería.
Cuando levanté la vista para identificar de dónde provenían los sonidos que arremetían contra mis tímpanos, vi unos labios apagados que se movían de forma constante, disparando una larga batería de resentimientos contra lo que debía de ser mi yo del pasado.


"Es que tú no puedes estar con alguien, en plan de vivir juntos. Es que no serías capaz"
"¿Eso crees?"
"Pues claro, si te aburres de todo. Nada parece bastante para ti"


En ese instante en que sólo existe tu diálogo interno en forma de voz pausada, y los ruidos secos de la cafetería, como las cucharas golpeando las tazas y el crujir de los croasanes entre los dientes, mis pensamientos siguieron una senda muy conocida: "Si tu supieras"
No se lo podía decir. No estaría bien. Sólo lo pensé: "Es verdad que no podría vivir con alguien... alguien como tú". Esa era la difícil realidad que me ha acompañado desde que el amor tiene sentido en el corazón de un niño aspirante a hombre.


No puedo culparla. Debe ser difícil estar con una persona de 1,77 por fuera, pero de abisales profundidades por dentro.
Deber ser difícil no comprender la frustración, la tristeza y la sensibilidad del ser querido.
Y más sabiendo que es algo que nunca va a cambiar, que la sensibilidad no se cura, pues no es algo malo, pero sí que llega a hacer daño en un mundo de fachadas, anclado en el rápido consumo del placer.


Pero , joder, ya quisiera yo poder disfrutar como el resto. Ya quisiera yo poder disfrutar de una conversación anquilosada en temas vacíos, provenientes de mentes vacías que sueñan con meterla algún día.
Disfrutar como los que sueñan con crecer por fuera, en vez de por dentro.


Pero no soy así, y no puedo evitar aburrirme e, incluso, incomodarme ante ciertas formas de ser.
No es que no pueda conectar con ellos por razones elitistas o porque me crea superior, para nada. No es que sean personas horrorosas, o que yo sea un antipático sin ganas de conocerlos.
Sólo necesito algo diferente, como si tuviese otras necesidades.
Necesidades que todos tenemos algunas vez, porque todos, aunque no sean PAS, lloran y ríen de corazón, alguna que otra vez. Todos se han sentido incomprendidos alguna vez, y todos han rozado con sus manos la felicidad de sentirse comprendidos y la rabia de lo contrario.
Eso es la vida de un PAS. En una palabra: AGRIDULCE.


Nos cuesta mucho encontrar a alguien que nos interese hasta tal punto de querer estar a su lado, sin que sintamos los golpes de las manecillas del reloj de la vida sobre nuestra espalda.
Sin que el tedio y la incomodidad nos visite.


Estás rodeado de gente alegre cuyas voces resuenan en los ladrillos del establecimiento que os acoge. 
Rodeado de almas que parecen estar pasándoselo bien, e incluso tu pareces aspirar a ser como ellos, aspirar a esa felicidad que ellos tienen de forma fácil.
Pero algo sucede dentro de ti, como si el despertador interno que tienes como vida se pusiese en marcha para recordarte la esencia de tu forma de ser.

"¿Qué estoy haciendo aquí?" Sí... esa es la pregunta de mi vida.
Es como si me costase más disfrutar, como si la vida no fuese suficiente, a pesar de que esta pesa lo suficiente como para asfixiarme de vez en cuando.


No te despides, sólo caminas. Con o sin rumbo, hacia un nuevo día.
Cada paso que das mancha el suelo con la presión de la frustración y la decepción.
"¿Es que la gente no te vale, te defrauda?" "Ahora me vendrás con que no te entienden".

"No, quizá sí que me siento defraudado, pero conmigo mismo".
"¿No te vale lo del resto? Pon un poco de tu parte". 
No contestas, no merece la pena el esfuerzo. Ya has intentado explicar lo inexplicable demasiadas veces.

Todo parece estar dirigido hacia un nihilismo y a un odio al ser humano, que te carcoma las neuronas poco a poco, dejando así un reguero de rabia y tristeza.
Hasta que el magnetismo de otra profundidad desconocida te atrapa en un halo demasiado atractivo como para evitarlo.

Otra vez un parpadeo me noquea y traslada.
No podría decir si era tal magnetismo el que movía esos cuerpos de goma, haciendo gala de su flexibilidad, bajo un intenso bajo hipnótico que convertía tus cartílagos en gelatina.

Eres una célula más de ese enorme organismo que te hace olvidar la tormenta interna de tu ser.
Estás, de forma simple, con personas que te elevan, que te hacen disfrutar de ese don de la sensibilidad con el que has nacido, y has arrastrado por un mar superficial..


Esas personas no es que estén a tu nivel, sino que están por encima de ti. Y no te aplastan con su peso, te dan la mano y te levantan.
Es la gente que merece la pena. Con esas personas, cada momento que estás con ellas te haces más feliz, más sabio, más único, más tú.


Pareces viajar por un prado gris y seco, sin alguna esperanza por encontrar un halo de vida, verde y húmedo.
Sin embargo, en un día más de tu vida, crees haber encontrado algo diferente en ese secarral.

Primero,  un perfume algo leve, que va in crescendo conforme fijas tu atención en ese olor, que debe ser a lo que huele la esperanza.

Después eres capaz de ver las formas de esa flor o de ese árbol, que parece estar enraizado en la vida con gran fuerza y alegría.
Un gran abanico de colores se abre ante tus ojos. Colores que no creías existir. Colores que sólo aparecen en los sueños.

Tocas un suave pétalo, un áspero y rugoso tronco, una afilada espina...

Eso, eso tan complejo y atrayente, eso es lo que vale la pena. Esas son las personas que valen la pena.
Personas con las que las horas no parecen pasar, y si pasan lentas o rápidas no te importan.
Personas a las que entiendes con una mirada, personas que no comprendes, pero sabes que tienen algo que decirte. Personas que no necesitan palabras vacías, sino tu mera presencia.

Personas que te hacen descubrir más sobre lo que ya creías saber.
Personas de las que a pesar de sus defectos (como los tuyos), siempre te hacen sonreír y añadir "pero lo quiero".

Personas que se acuerdan de ti o, que a pesar de no contar contigo en un principio, te aceptan como uno más.

Personas con una sensibilidad, cuyo fuerte oleaje deja en riachueo la tuya. Personas con las mismas inquietudes que tú, que se preguntan las mismas cuestiones que el ser humano se ha estado preguntando desde que las palabras salieron de su boca, y que en esta época parecen haber olvidado.
Personas que sufren con motivo, pero que ríen con mucha más fuerza, a la vez que aman con una pasión que les hace digno de ese amor.


A la gente que se haya sentido sola, como si estuviese perdida en un mundo que no es para ellos, para los PAS y para los que no lo son, creedme que hay muchos como vosotros, y una vez que los encuentras se crea una conexión que parece provenir del núcleo terreste y que os llega a la vez.


Post Scriptum: 
Descubrir los rasgos de las personas altamente sensibles (PAS) está siendo todo un descubrimiento para mí.
Descubrimiento en parte, pues lo que estoy descubriendo, es que todo eso que parecía raro en mi y no encontraba motivo para que me sucediera, le estoy pudiendo dar razón de ser.
Esto, que apriori parece algo así como "descubrir que uno mismo no está loco", me ha permitido tomar cierto cariño a estos rasgos tan traicioneros que los PAS compartimos.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Llorando en los brazos del amor.


Tenía 17 años recién cumplidos, por lo que la primavera estaba en su apogeo y era normal tener la nariz goteando sobre las flores.
El sol aún no quemaba, pero los días eran cada vez más largos, recordando así que las noches largas acabaron.

Era sólo un chico, inexperto, que acudía a una cita oliendo a colonia barata y con un flequillo enlacado hacia arriba.
Con unas deportivas recién limpias, a base de frotar y frotar con toallitas para bebés; y unos vaqueros que aún conservo.
También podría encontrar en mi armario la camiseta que llevaba esa tarde. Marrón y con un mensaje en inglés, reivindicando el rock.

Por ese tiempo las camisetas me quedaban muy bien. Estaba más fuerte que ahora, debido a que acababa de descubrir los entrenamientos de fuerza y, en un chico adolescente, eso es algo que te come mucho la mente; además de que mis inquietudes intelectuales eran mucho menores y no dedicaba tiempo a escribir, contemplar o a quebrarme la cabeza. Es por eso que recuerdo con felicidad esta etapa.


Sí, el bachiller fue una buena etapa para mí. Tenía todo lo necesario para levantarme cada mañana con ganas de disfrutar de unos días que parecían no acabar nunca.
Los estudios me iban bien y me gustaban; humanidades fue una buena elección al final.
Los amigos eran buenos, muy buenos; y aprendí mucho de ellos, tanto que aún conservo a la mejor compañía de esos días.
También empecé a salir con una chica. Una de las que cuando te acuerdas de ella no puedes evitar decir: "Joder... que guapa era".

En una de esas primeras citas con esa chica se sitúa esta entrada. 
Ya sabéis, primavera de 2013, Granada. Todo correcto para pasar una agradable tarde junto a una chica que merecía la pena.
Dos chicos que creen estar enamorados y que aún piensan con alegría en un porvenir, en el que creen estar juntos.

Yo estaba en la puerta del parque, sin parar de moverme como de costumbre. Estaba nervioso, algo que con las citas se me fue quitando, hasta poder confesarle cosas bien personales, pues fue capaz de penetrar hasta esa esfera de la confidencialidad.

Sabes que le gustas a una chica cuando esta se arregla para una cita contigo. Siempre había pensado que no le hacía falta, pues era muy guapa sin ningún tipo de maquillaje, y su pelo siempre olía tan bien que no hacía falta que se perfumara, ya que este se vería enmascarado por el olor de sus castaños cabellos.



Fue en esos cabellos en los que intenté ocultarme, así como usarlos a forma de toalla para mi tormenta.
Estabamos hablando de lo que hablan los jóvenes, supongo. Hablaríamos del instituto, de otros chicos/as; de música, de cine... Sabiendo como era, seguro que hablamos de comida.

Ella hizo algo que se le daba muy bien. Puso un dedo sobre mis labios, para callarme sin decírmelo. Después me besó y yo no pude hacer otra cosa que caer sobre ella en un abrazo que pareció durar la primavera entera.
Agarrado a su cuerpo, como manda un buen abrazo, sentí una fulminante tristeza que desembocó en dolor y empezó a llover dentro de mí.

Ella no sintió primero las lágrimas sobre su cuello, sino que sus jugosas mejillas debieron sentir los movimientos intermitentes de mi respiración entrecortada.
De repente pareció nublarse sobre Granada, sobre ese parque en el que sabíamos que había más, pero en el que sólo se escuchaba al silencio que reina en medio de la contemplación de la tristeza.

"¿Qué haces tío? Aquí no, por favor." Eso me dije.
No pude evitar ser yo mismo. No pude evitar que mi interior floreciera esa tarde de primavera, y más cuando estaba siendo regada por eso a lo que llamaba amor.

Ella me empujó con suavidad la cabeza. Quería verme la cara. La cara de un chaval, que parecía indestructible, pero que era tan quebradizo como los conejos de chocolate que se suelen comer en esas fechas de Pascua.
"SHHHH, ¿Qué te pasa?". No sé si fue su dulzura, pero creo que el río de lágrimas aumentó en caudal mientras sus labios se movían y dibujaban cosas demasiado bonitas en mi cabeza.

"Yo...Yo no lo sé...No sé por qué... Yo te quiero...". 
No sé si escuchó las imperceptibles palabras, pero me secó las lágrimas con el dorso de sus manos, y mientras lo hacía yo le acaricié su cara, siguiendo un camino que desembocaba en su oreja, donde peiné su pelo detrás de esta.

"No creas que es malo. Sé que me quieres".
Dios, no tuve que dar explicaciones. Señor ella lo entendió, y creo que fue la primera en entender la sensibilidad que atenaza mi cuerpo y lo oprime de vez en cuando.

En el momento en el que me sentí comprendido, la presión que aplastaba mi pecho se desvaneció, hasta florecer de ella algo que debe de ser felicidad. Por ese instante supe lo que era ser feliz y, aunque mis lágrimas no se habían secado, quizás las últimas gotas tuvieran otra procedencia. 
Llorar de felicidad, chico eso es algo digno de recordar.

Aunque los días con esa chica terminasen, le debo esa compresión tan difícil de encontrar en otras personas y, espero, que ella también la encontrara en mí.
Sinceramente, no sé por qué lloré. Sólo sé que me ocurre a veces, que hay días en los que la banda sonora proviene de Sam Cooke y su "Sad Mood", pero sí sabía que la quería y que ella a mí.
Sabía que me comprendió en un momento incomprensible ,y eso no lo puede decir cualquiera.